martes, 23 de julio de 2013

Los cuatro amigos

Hacía años que se reunían cada tarde. Tomaban café y charlaban mientras jugaban interminables partidas de dominó.

Cuando Joaquín los veía entrar empezaba a preparar las bebidas: uno solo con sacarina, un descafeniado de máquina, una manzanilla y la botellita de agua para don José. Mientras tomaban asiento y sacaban las fichas de la caja ya tenían las bebidas en la mesa, además de papel y bolígrafo para empezar la partida.

Jugaban, reína, discutían por alguna mala jugada. Recordaban tiempos pasados y arreglaban el mundo dos o tres veces cada tade.

Un día aquellos amigos decidieron cambiar de juego. Dejaron en la estanterías las fichas del dominó y cogieron una baraja. Ya no se escuchaba el sonido de las fichas al golpear el mármol de la mesa, porque el tapete verde amortiguaba cualquier sonido. Ya nadie echaba en falta el sobre de sacarina, aunque sí a quien hasta entonces diariamente lo reclamaba.

Pasaron los días, pasaron las semanas, y en la mesa del fondo dejó de tomarse café. El ajedrez se convirtió en su nuevo entretenimiento. Tan solo la manzanilla, la botella de agua y el silencio rodeaban el tablero.

Pero unas semanas más tarde la baraja regresó a aquella mesa. Don José dejaba caer las cartas sin apenas mirarlas, sin el menor interés. Una a una las iba amontonando, mientras se le humedecían los ojos y le ahogaban los recuerdos.

Poco tiempo después, una tarde, nadie ocupó aquella mesa. La baraja quedó en medio del tapete, la botella de agua en una de sus esquinas y las cuatro sillas frías, solitarias y abandonadas.

En algún lugar, en cualquier momento, los cuatro amigos se habían vuelto a reunir. Defintivamente. Para siempre. Mientras Joaquín, secándose una lágrima, miraba de reojo hacia la entrada de la asociación de jubilados.

jueves, 4 de julio de 2013

Amanecer

Deambula a oscuras por la casa, intentando hacer el menor ruido posible. Todavía no ha amanecido y el silencio domina el ambiente. El resto de la familia continúa durmiendo, apurando sus últimos minutos de descanso.

Un sonido se escucha en la lejanía. Suave, mínimo, casi imperceptible al principio, pero que poco a poco va aumentando en intensidad hasta hacerse reconocible y familiar, convirtiéndose después en algo estridente y molesto.

La sirena de una ambulancia rompe el silencio de una ciudad dormida, ausente, casi desierta. Alguien que empezó el día muy temprano, y no demasiado bien; o tal vez una nueva vida que está a punto de comenzar.

En cualquier caso no habrá gran diferencia. Tan solo se tratará de una vida más, de un nombre, de un número. De una anotación en un registro. En el debe de los que fueron y ya no son. O en el haber de los que son y, antes o después, dejarán de ser.